Experiencias

El enigma de lo desconocido

Naturaleza y jardines

Santuarios y templos

Museos y castillos

Literatura y poesía

Artes escénicas

Cultura popular

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El enigma de lo desconocido

Naturaleza y jardines

Santuarios y templos

Museos y castillos

Literatura y poesía

Artes escénicas

Cultura popular

El enigma de lo desconocido

El enigma de lo desconocido

Cuando uno llega a Jap√≥n por primera vez, siente que ha se ha transportado no solo en el espacio, sino tambi√©n en el tiempo, y mientras los sentidos disfrutan de la m√°xima tecnolog√≠a y los √ļltimos avances, todo un mundo de trazos irreconocibles lo acompa√Īan all√° donde vaya. Un sistema de escritura indescifrable que a ojos del occidental, aparece como el guardi√°n de un secreto milenario, convirti√©ndose a lo largo de su viaje, en su compa√Īero m√°s fiel.

 

Tanto es así que a veces uno lo busca inconscientemente y descansa el pensamiento cuando posa la mirada en ese nuevo mundo de trazos pintados o en relieve, sobre los soportes más variados. Caminando por las ciudades, cuando viaja en el metro, a la entrada de un restaurante o en los mismos museos en donde obras repletas de caligrafías lo miran, mientras su inconsciente acaba atrapado por las formas abstractas de los trazos.

 

En ese momento sin saber/poder leer, más allá del significado, otras emociones aparecen. El vigor, el ritmo, el vacío, la fuerza o simplemente la nada, se apoderan del cerebro en una especie de lento masaje que borra la intencionalidad de buscar el contenido. Absorto en su analfabetismo cree distinguir trazos que le sugieren una pierna, una persona, algo parecido a una estrella… El mismo desconcierto lo aleja de lo intelectual y lo sumerge en una profunda superficie de abstracciones y supuestos.

Los signos lo acompa√Īan en silencio, no importa su tama√Īo, a veces enormes en forma de publicidad, otras en peque√Īo formato; en esos libros y mangas que unidos a sus due√Īos pasean por los transportes p√ļblicos, se sientan a comer cuencos de soba (Comida popular, barata y r√°pida que se come en Jap√≥n)¬†sujetos por la mano de su √°vido lector o descansan en las salas de pachinko (como un casino, pero donde est√° prohibido jugar dinero) mientras suena el estridente ruido de las bolas que recorren las m√°quinas.

 

Un sistema críptico rodea las ciudades y recuerda al visitante su extranjería de forma natural y permanente; visitantes que aprenden a pasear en un espacio vacío de significado pero no de sensaciones. Poco a poco se acostumbran, e incluso algunos reciben tal descarga que deciden aprender japonés.

 

Para estos √ļltimos, el misterio contin√ļa a lo largo de un tiempo indefinido, en un espacio magm√°tico, propio de un pa√≠s volc√°nico. Un espacio magm√°tico que ofrece momentos de pasi√≥n y euforia ‚ÄĒcuando puede leer unos cuantos signos‚ÄĒ, alternados con momentos de vac√≠o sostenido y silencio que sirven para ensimismarse hasta caer rendido en el siguiente medio de transporte y cerrar los ojos tras el esfuerzo, dej√°ndose llevar por el sue√Īo pegadizo de una masa colectiva que dormita al un√≠sono en los vagones, rodeada de signos silenciosos preservando su descanso.

Cuando uno llega a Jap√≥n por primera vez, siente que ha se ha transportado no solo en el espacio, sino tambi√©n en el tiempo, y mientras los sentidos disfrutan de la m√°xima tecnolog√≠a y los √ļltimos avances, todo un mundo de trazos irreconocibles lo acompa√Īan all√° donde vaya. Un sistema de escritura indescifrable que a ojos del occidental, aparece como el guardi√°n de un secreto milenario, convirti√©ndose a lo largo de su viaje, en su compa√Īero m√°s fiel.

 

Tanto es así que a veces uno lo busca inconscientemente y descansa el pensamiento cuando posa la mirada en ese nuevo mundo de trazos pintados o en relieve, sobre los soportes más variados. Caminando por las ciudades, cuando viaja en el metro, a la entrada de un restaurante o en los mismos museos en donde obras repletas de caligrafías lo miran, mientras su inconsciente acaba atrapado por las formas abstractas de los trazos.

 

En ese momento sin saber/poder leer, más allá del significado, otras emociones aparecen. El vigor, el ritmo, el vacío, la fuerza o simplemente la nada, se apoderan del cerebro en una especie de lento masaje que borra la intencionalidad de buscar el contenido. Absorto en su analfabetismo cree distinguir trazos que le sugieren una pierna, una persona, algo parecido a una estrella… El mismo desconcierto lo aleja de lo intelectual y lo sumerge en una profunda superficie de abstracciones y supuestos.

Los signos lo acompa√Īan en silencio, no importa su tama√Īo, a veces enormes en forma de publicidad, otras en peque√Īo formato; en esos libros y mangas que unidos a sus due√Īos pasean por los transportes p√ļblicos, se sientan a comer cuencos de soba (Comida popular, barata y r√°pida que se come en Jap√≥n)¬†sujetos por la mano de su √°vido lector o descansan en las salas de pachinko (como un casino, pero donde est√° prohibido jugar dinero) mientras suena el estridente ruido de las bolas que recorren las m√°quinas.

 

Un sistema críptico rodea las ciudades y recuerda al visitante su extranjería de forma natural y permanente; visitantes que aprenden a pasear en un espacio vacío de significado pero no de sensaciones. Poco a poco se acostumbran, e incluso algunos reciben tal descarga que deciden aprender japonés.

 

Para estos √ļltimos, el misterio contin√ļa a lo largo de un tiempo indefinido, en un espacio magm√°tico, propio de un pa√≠s volc√°nico. Un espacio magm√°tico que ofrece momentos de pasi√≥n y euforia ‚ÄĒcuando puede leer unos cuantos signos‚ÄĒ, alternados con momentos de vac√≠o sostenido y silencio que sirven para ensimismarse hasta caer rendido en el siguiente medio de transporte y cerrar los ojos tras el esfuerzo, dej√°ndose llevar por el sue√Īo pegadizo de una masa colectiva que dormita al un√≠sono en los vagones, rodeada de signos silenciosos preservando su descanso.

Naturaleza y jardines

Naturaleza

Jap√≥n es un pa√≠s en el que se venera la naturaleza hasta l√≠mites insospechados. Del mismo modo que se sucumben a la bella transformaci√≥n paisaj√≠stica que se produce en cada estaci√≥n. La idea de que los japoneses sienten una admiraci√≥n desmedida por los escenarios naturales de su pa√≠s rebaja, adem√°s, esa distorsionada percepci√≥n de que √ļnicamente se desviven por la tecnolog√≠a. Asimismo, insufla de espiritualidad a una sociedad hastiada por las longevas jornadas laborales; de vez en cuando, sea de manera colectiva o individual, los nipones necesitan escapar moment√°neamente de los grandes n√ļcleos urbanos y de su acelerado ritmo industrial para rebajar la presi√≥n y mantenerse apartados de esa vor√°gine diaria.

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Visitando esos entornos naturales de los que se beneficia el pa√≠s, admirando los principales acontecimientos estacionales, consiguen apaciguar y atemperar su estado de √°nimo, hasta el punto de fundirse con ellos. Por esta raz√≥n existen un sinf√≠n de sitios de admiraci√≥n y veneraci√≥n a lo largo y ancho del pa√≠s, parajes v√≠rgenes y recovecos secretos apartados de toda civilizaci√≥n, que regeneran al japon√©s por dentro y que son motivo de regocijo en cada √©poca del a√Īo, dando lugar a esa mirada contemplativa en cada estaci√≥n. Una mirada c√≠clica que se repite anualmente y que consensuaremos en cuatro fen√≥menos de temporada: el hanami, los paisajes mar√≠timos, el momiji y los paisajes nevados.

Jardines

Los jardines japoneses siempre han despertado en nosotros imágenes idílicas de espacios apacibles, con un arroyo, un estanque y seguramente también un puente arqueado, por donde pasear en silencio y quizás, con suerte, vislumbrar una mujer ataviada con kimono. En cualquier caso, a pesar de esa visión idealizada, puedo garantizar que la realidad la supera claramente. La concepción y ejecución de un jardín en Japón han sido y siguen siendo muy diferentes de las de otros países. Y no solo de los europeos de todas las épocas, sino de los árabes, de los indios y también de los chinos y coreanos. Casi todos ellos buscaban transformar el entorno para humanizarlo, para encasillarlo en una geometría de esquemas rectilíneos. Solo los jardines románticos pretendían alejarse de lo artificial para acercarnos a una naturaleza intocada, aunque no pocas veces colonizada por ruinas creadas exprofeso.

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No hace falta ser un entendido en la materia para constatar que los jardines japoneses se distinguen de todos los demas, que tienen su propia personalidad, sean antiguos o modernos. Por otro lado, Japón ha sido capaz de crear más tipologías de jardín que cualquier otro país del planeta, quizás exceptuando a China. Tanta variedad puede sorprender al turista que llega por primera vez, por ejemplo, a Kioto; especialmente si visita uno en el que no ve ni un árbol ni un arbusto. En ese caso estará contemplando alguno de los denominados jardines secos. Sin embargo, no debe desanimarse, porque con toda seguridad encontrará otros muchos que satisfarán todas sus expectativas y más. Quizás, si tiene suerte, podrá coincidir con los días de floración del cerezo o del cambio de color de las hojas de arce. Si es así, habrá asistido a uno de los espectáculos más cautivadores de la naturaleza en el lugar idóneo: Japón.

Naturaleza

Jap√≥n es un pa√≠s en el que se venera la naturaleza hasta l√≠mites insospechados. Del mismo modo que se sucumben a la bella transformaci√≥n paisaj√≠stica que se produce en cada estaci√≥n. La idea de que los japoneses sienten una admiraci√≥n desmedida por los escenarios naturales de su pa√≠s rebaja, adem√°s, esa distorsionada percepci√≥n de que √ļnicamente se desviven por la tecnolog√≠a. Asimismo, insufla de espiritualidad a una sociedad hastiada por las longevas jornadas laborales; de vez en cuando, sea de manera colectiva o individual, los nipones necesitan escapar moment√°neamente de los grandes n√ļcleos urbanos y de su acelerado ritmo industrial para rebajar la presi√≥n y mantenerse apartados de esa vor√°gine diaria.

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Visitando esos entornos naturales de los que se beneficia el pa√≠s, admirando los principales acontecimientos estacionales, consiguen apaciguar y atemperar su estado de √°nimo, hasta el punto de fundirse con ellos. Por esta raz√≥n existen un sinf√≠n de sitios de admiraci√≥n y veneraci√≥n a lo largo y ancho del pa√≠s, parajes v√≠rgenes y recovecos secretos apartados de toda civilizaci√≥n, que regeneran al japon√©s por dentro y que son motivo de regocijo en cada √©poca del a√Īo, dando lugar a esa mirada contemplativa en cada estaci√≥n. Una mirada c√≠clica que se repite anualmente y que consensuaremos en cuatro fen√≥menos de temporada: el hanami, los paisajes mar√≠timos, el momiji y los paisajes nevados.

Jardines

Los jardines japoneses siempre han despertado en nosotros imágenes idílicas de espacios apacibles, con un arroyo, un estanque y seguramente también un puente arqueado, por donde pasear en silencio y quizás, con suerte, vislumbrar una mujer ataviada con kimono. En cualquier caso, a pesar de esa visión idealizada, puedo garantizar que la realidad la supera claramente. La concepción y ejecución de un jardín en Japón han sido y siguen siendo muy diferentes de las de otros países. Y no solo de los europeos de todas las épocas, sino de los árabes, de los indios y también de los chinos y coreanos. Casi todos ellos buscaban transformar el entorno para humanizarlo, para encasillarlo en una geometría de esquemas rectilíneos. Solo los jardines románticos pretendían alejarse de lo artificial para acercarnos a una naturaleza intocada, aunque no pocas veces colonizada por ruinas creadas exprofeso.

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No hace falta ser un entendido en la materia para constatar que los jardines japoneses se distinguen de todos los demas, que tienen su propia personalidad, sean antiguos o modernos. Por otro lado, Japón ha sido capaz de crear más tipologías de jardín que cualquier otro país del planeta, quizás exceptuando a China. Tanta variedad puede sorprender al turista que llega por primera vez, por ejemplo, a Kioto; especialmente si visita uno en el que no ve ni un árbol ni un arbusto. En ese caso estará contemplando alguno de los denominados jardines secos. Sin embargo, no debe desanimarse, porque con toda seguridad encontrará otros muchos que satisfarán todas sus expectativas y más. Quizás, si tiene suerte, podrá coincidir con los días de floración del cerezo o del cambio de color de las hojas de arce. Si es así, habrá asistido a uno de los espectáculos más cautivadores de la naturaleza en el lugar idóneo: Japón.

Santuarios y templos

Una de las visitas esenciales en un viaje a Jap√≥n, con independencia de la ruta, √©poca del a√Īo y sentimiento religioso del viajero, son los centros de culto, ya sean sinto√≠stas o budistas o cristianos. La historia de la religi√≥n en Jap√≥n es el resultado de un complejo proceso de influencias rec√≠procas entre las diferentes creencias, nativas y de influencia externa, a lo largo de los siglos.

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Santuarios

En los santuarios, es el lugar de culto del sintoísmo, que es la religión nativa del pueblo japonés, siendo una de las religiones más desconocidas del mundo. Recoge la esencia de los primitivos cultos prehistóricos, prácticas animistas y mitología cosmogónica, formando parte de la vida y el ser del pueblo japonés desde los primeros tiempos de su organización social y política, hasta el presente.

Templos

En los templos, la religión que se profesa es el budismo. De las dos ramas principales del budismo, la conocida como Mahayana y proveniente de China, fue introducida en Japón en el siglo VI, y siendo rápidamente aceptado entre las clases gobernantes, elevado a la categoría de culto oficial, y dando origen a un modelo de convivencia con el sintoísmo y que ha llegado hasta nuestros días, con la excepción del periodo Meiji que ordenó la separación entre ambos cultos, primando el sintoísmo como religión de estado. El budismo ha sido decisivo en la conformación religiosa de la sociedad japonesa, así como de gran influencia en la cultura de este país.

Una de las visitas esenciales en un viaje a Jap√≥n, con independencia de la ruta, √©poca del a√Īo y sentimiento religioso del viajero, son los centros de culto, ya sean sinto√≠stas o budistas o cristianos. La historia de la religi√≥n en Jap√≥n es el resultado de un complejo proceso de influencias rec√≠procas entre las diferentes creencias, nativas y de influencia externa, a lo largo de los siglos.

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Santuarios

En los santuarios, es el lugar de culto del sintoísmo, que es la religión nativa del pueblo japonés, siendo una de las religiones más desconocidas del mundo. Recoge la esencia de los primitivos cultos prehistóricos, prácticas animistas y mitología cosmogónica, formando parte de la vida y el ser del pueblo japonés desde los primeros tiempos de su organización social y política, hasta el presente.

Templos

En los templos, la religión que se profesa es el budismo. De las dos ramas principales del budismo, la conocida como Mahayana y proveniente de China, fue introducida en Japón en el siglo VI, y siendo rápidamente aceptado entre las clases gobernantes, elevado a la categoría de culto oficial, y dando origen a un modelo de convivencia con el sintoísmo y que ha llegado hasta nuestros días, con la excepción del periodo Meiji que ordenó la separación entre ambos cultos, primando el sintoísmo como religión de estado. El budismo ha sido decisivo en la conformación religiosa de la sociedad japonesa, así como de gran influencia en la cultura de este país.

Museos y castillos

La historia del pueblo japonés se puede conocer recorriendo solo sus ciudades, aldeas o asistiendo a sus festivales populares, representaciones teatrales o espectáculos de todo tipo. Todo eso es necesario, pero también lo es el descubrir otros aspectos que no por menos aparentes han tenido menos influencia en la forja del espíritu nipón. El País del Sol Naciente está formado por un archipiélago de miles de islas que se extienden a lo largo de miles de kilómetros, en los que sus habitantes han desarrollado costumbres y tradiciones muy diferentes. Eso es lo que se puede descubrir visitando algunos de los museos de historia, del arte o castillos de Japón.

Unos son en realidad museos de objetos art√≠sticos que nos muestran la forma de vida de los grandes se√Īores feudales. Otros nos ense√Īan c√≥mo se viv√≠a en aldeas prehist√≥ricas o en las pujantes ciudades de Tokio o Kioto. Finalmente, trat√°ndose de Jap√≥n, no puede obviarse una visita a alguno de los museos m√°s impresionantes y emotivos del planeta: los de Hiroshima y Nagasaki consagrados a la debacle at√≥mica.

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Museos

Ocho museos son los que permiten mínimamente desvelar algunos de los aspectos más ocultos de la historia y cultura de Japón. Cuatro de ellos, los museos nacionales de Tokio, Kioto, Nara y el Museo de arte de Tokugawa, suelen considerase pinacotecas de arte, pero sus fondos y exposiciones son en realidad mucho más que eso. Los consagrados a la Guerra del Pacífico son dos, el Museo de la paz de Chiran y el Museo Memorial de la Paz de la Prefectura de Okinawa. Uno, el Museo de historia de Shimoda, está dedicado a la llegada de los primeros occidentales al archipiélago nipón en el siglo XVI. Finalmente, el de Edo-Tokio muestra la cultura que nació en Edo, la antigua Tokio antes de ser la capital del país.

No cabe duda de que las visitas a los museos aportan no pocos datos sobre la historia y cultura de cualquier país. Existen pinacotecas para todos los gustos: de pintura, de escultura, de artesanía, consagradas a un solo artista, a un estilo, a una especialidad determinada; las hay de arqueología, de cine, de fotografía, de historia, de ciencia, de tecnología y un largo etcétera.

Los museos de Jap√≥n abarcan un espectro ampl√≠simo, tanto por el tama√Īo de sus fondos como por su concepci√≥n o situaci√≥n. Los hay enormes, con miles de metros cuadrados de salas, y tambi√©n min√ļsculos. Los podemos encontrar en edificios del m√°s puro estilo japon√©s tradicional, en los que es preciso descalzarse para caminar por sus tatamis; pero tambi√©n en inmuebles vanguardistas que solo por ellos ya merecen la visita. Asimismo, algunos se sit√ļan en un entorno id√≠lico rodeados de un jard√≠n, de pocos metros unas veces y de hect√°reas otras. Tambi√©n en este caso es recomendable su visita, independientemente del inter√©s de su colecci√≥n. Por descontado, todos sirven para conocer alg√ļn aspecto de la historia cultural del Pa√≠s del Sol Naciente.

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Castillos

Los castillos de Jap√≥n se encuentran entre los monumentos m√°s singulares de su arquitectura. No por casualidad, durante el periodo Edo, las fortalezas de los grandes se√Īores feudales y las pagodas de los templos budistas eran las √ļnicas construcciones a las que se permit√≠a tener m√°s de dos pisos de altura. La majestuosidad de los de mayor tama√Īo y la elegancia de los de menor volumen eran reflejo del poder pol√≠tico y sofisticaci√≥n art√≠stica de la aristocracia militar japonesa.

Hubo una √©poca en la que la cifra de castillos repartidos por todo Jap√≥n superaba el millar. Sin embargo, la mayor√≠a de ellos no sobrevivieron a guerras, incendios, terremotos y tampoco a los bombardeos de la II Guerra Mundial. Actualmente pueden visitarse m√°s de un centenar, aunque muy pocos de ellos conservan sus torreones originales. De algunos han sobrevivido peque√Īas casetas, murallas o portones. Otros se han reconstruido con los materiales originales. Finalmente, los hay que han visto levantarse de nuevo sus enormes torreones, pero esta vez en hormig√≥n armado.

Sin embargo, los que sin duda ejercen una mayor fascinaci√≥n en el visitante son los que permanecen en pie como hace cientos de a√Īos, con su robusta estructura de madera y sus basamentos curvos de piedra en talud, siendo 12 los castillos existentes en Jap√≥n, erigidos antes o durante el periodo Edo, que han sido declarados como Tesoro Nacional o Importante Bien Cultural de Jap√≥n.

La historia del pueblo japonés se puede conocer recorriendo solo sus ciudades, aldeas o asistiendo a sus festivales populares, representaciones teatrales o espectáculos de todo tipo. Todo eso es necesario, pero también lo es el descubrir otros aspectos que no por menos aparentes han tenido menos influencia en la forja del espíritu nipón. El País del Sol Naciente está formado por un archipiélago de miles de islas que se extienden a lo largo de miles de kilómetros, en los que sus habitantes han desarrollado costumbres y tradiciones muy diferentes. Eso es lo que se puede descubrir visitando algunos de los museos de historia, del arte o castillos de Japón.

Unos son en realidad museos de objetos art√≠sticos que nos muestran la forma de vida de los grandes se√Īores feudales. Otros nos ense√Īan c√≥mo se viv√≠a en aldeas prehist√≥ricas o en las pujantes ciudades de Tokio o Kioto. Finalmente, trat√°ndose de Jap√≥n, no puede obviarse una visita a alguno de los museos m√°s impresionantes y emotivos del planeta: los de Hiroshima y Nagasaki consagrados a la debacle at√≥mica.

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Museos

Ocho museos son los que permiten mínimamente desvelar algunos de los aspectos más ocultos de la historia y cultura de Japón. Cuatro de ellos, los museos nacionales de Tokio, Kioto, Nara y el Museo de arte de Tokugawa, suelen considerase pinacotecas de arte, pero sus fondos y exposiciones son en realidad mucho más que eso. Los consagrados a la Guerra del Pacífico son dos, el Museo de la paz de Chiran y el Museo Memorial de la Paz de la Prefectura de Okinawa. Uno, el Museo de historia de Shimoda, está dedicado a la llegada de los primeros occidentales al archipiélago nipón en el siglo XVI. Finalmente, el de Edo-Tokio muestra la cultura que nació en Edo, la antigua Tokio antes de ser la capital del país.

No cabe duda de que las visitas a los museos aportan no pocos datos sobre la historia y cultura de cualquier país. Existen pinacotecas para todos los gustos: de pintura, de escultura, de artesanía, consagradas a un solo artista, a un estilo, a una especialidad determinada; las hay de arqueología, de cine, de fotografía, de historia, de ciencia, de tecnología y un largo etcétera.

Los museos de Jap√≥n abarcan un espectro ampl√≠simo, tanto por el tama√Īo de sus fondos como por su concepci√≥n o situaci√≥n. Los hay enormes, con miles de metros cuadrados de salas, y tambi√©n min√ļsculos. Los podemos encontrar en edificios del m√°s puro estilo japon√©s tradicional, en los que es preciso descalzarse para caminar por sus tatamis; pero tambi√©n en inmuebles vanguardistas que solo por ellos ya merecen la visita. Asimismo, algunos se sit√ļan en un entorno id√≠lico rodeados de un jard√≠n, de pocos metros unas veces y de hect√°reas otras. Tambi√©n en este caso es recomendable su visita, independientemente del inter√©s de su colecci√≥n. Por descontado, todos sirven para conocer alg√ļn aspecto de la historia cultural del Pa√≠s del Sol Naciente.

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Castillos

Los castillos de Jap√≥n se encuentran entre los monumentos m√°s singulares de su arquitectura. No por casualidad, durante el periodo Edo, las fortalezas de los grandes se√Īores feudales y las pagodas de los templos budistas eran las √ļnicas construcciones a las que se permit√≠a tener m√°s de dos pisos de altura. La majestuosidad de los de mayor tama√Īo y la elegancia de los de menor volumen eran reflejo del poder pol√≠tico y sofisticaci√≥n art√≠stica de la aristocracia militar japonesa.

Hubo una √©poca en la que la cifra de castillos repartidos por todo Jap√≥n superaba el millar. Sin embargo, la mayor√≠a de ellos no sobrevivieron a guerras, incendios, terremotos y tampoco a los bombardeos de la II Guerra Mundial. Actualmente pueden visitarse m√°s de un centenar, aunque muy pocos de ellos conservan sus torreones originales. De algunos han sobrevivido peque√Īas casetas, murallas o portones. Otros se han reconstruido con los materiales originales. Finalmente, los hay que han visto levantarse de nuevo sus enormes torreones, pero esta vez en hormig√≥n armado.

Sin embargo, los que sin duda ejercen una mayor fascinaci√≥n en el visitante son los que permanecen en pie como hace cientos de a√Īos, con su robusta estructura de madera y sus basamentos curvos de piedra en talud, siendo 12 los castillos existentes en Jap√≥n, erigidos antes o durante el periodo Edo, que han sido declarados como Tesoro Nacional o Importante Bien Cultural de Jap√≥n.

Literatura y poesía

Tradicionalmente, la literatura en Jap√≥n cumpli√≥ el papel en la cultura que en Europa desempe√Ī√≥ la filosof√≠a y la teolog√≠a. Si en la Europa medieval la teolog√≠a hizo de las artes y hasta de la m√ļsica sus lacayos, en Jap√≥n la literatura tuvo a la pintura y a la caligraf√≠a como f√°mulas. Es m√°s: la historia de la literatura japonesa es en gran medida la historia del pensamiento y de la sensibilidad del pueblo nip√≥n. Y en la casa de esta literatura, el ojo explorando sombras, y no tanto la mente creando luces, ha sido el arquitecto principal.

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En cuanto a la brevedad-concisi√≥n y a la capacidad de sugerir, otras dos cualidades sustanciales de la literatura japonesa, son dos caras de la misma moneda. La primera se basa en un elemental principio est√©tico para los japoneses: lo peque√Īo es hermoso; y en una tendencia inveterada (arraigada): el amor incansable al detalle.

Dicho en otros t√©rminos, la mentalidad japonesa, en t√©rminos de espacio, suele concentrarse en la parte m√°s que en el todo. El jard√≠n japon√©s, por ejemplo, se dise√Īa empezando por las partes y los detalles, no por el conjunto como podr√≠a ser el caso en otras culturas. En literatura, esta caracter√≠stica es responsable de la impresi√≥n fragmentaria y epis√≥dica que poseen numerosas obras literarias de Jap√≥n, incluso las m√°s extensas como es el caso de la m√°s cl√°sica de todas, la ya citada Historia de Genji.

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En el caso del lenguaje po√©tico japon√©s, el arte de sugerir est√° orquestado por aliteraciones y multitud de expresiones que juguetean, como un gato con un ovillo de lana, con la f√°cil homofon√≠a de la lengua ‚ÄĒun idioma de notable pobreza de combinaciones sil√°bicas: solamente 112‚ÄĒ, por im√°genes o an√©cdotas bien conocidas en la tradici√≥n cultural propia o china. Un verdadero ¬ęc√≥digo de alusiones¬Ľ que formar√° parte integral de la tradici√≥n literaria cl√°sica, especialmente en poes√≠a y teatro.

Tradicionalmente, la literatura en Jap√≥n cumpli√≥ el papel en la cultura que en Europa desempe√Ī√≥ la filosof√≠a y la teolog√≠a. Si en la Europa medieval la teolog√≠a hizo de las artes y hasta de la m√ļsica sus lacayos, en Jap√≥n la literatura tuvo a la pintura y a la caligraf√≠a como f√°mulas. Es m√°s: la historia de la literatura japonesa es en gran medida la historia del pensamiento y de la sensibilidad del pueblo nip√≥n. Y en la casa de esta literatura, el ojo explorando sombras, y no tanto la mente creando luces, ha sido el arquitecto principal.

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En cuanto a la brevedad-concisi√≥n y a la capacidad de sugerir, otras dos cualidades sustanciales de la literatura japonesa, son dos caras de la misma moneda. La primera se basa en un elemental principio est√©tico para los japoneses: lo peque√Īo es hermoso; y en una tendencia inveterada (arraigada): el amor incansable al detalle.

Dicho en otros t√©rminos, la mentalidad japonesa, en t√©rminos de espacio, suele concentrarse en la parte m√°s que en el todo. El jard√≠n japon√©s, por ejemplo, se dise√Īa empezando por las partes y los detalles, no por el conjunto como podr√≠a ser el caso en otras culturas. En literatura, esta caracter√≠stica es responsable de la impresi√≥n fragmentaria y epis√≥dica que poseen numerosas obras literarias de Jap√≥n, incluso las m√°s extensas como es el caso de la m√°s cl√°sica de todas, la ya citada Historia de Genji.

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En el caso del lenguaje po√©tico japon√©s, el arte de sugerir est√° orquestado por aliteraciones y multitud de expresiones que juguetean, como un gato con un ovillo de lana, con la f√°cil homofon√≠a de la lengua ‚ÄĒun idioma de notable pobreza de combinaciones sil√°bicas: solamente 112‚ÄĒ, por im√°genes o an√©cdotas bien conocidas en la tradici√≥n cultural propia o china. Un verdadero ¬ęc√≥digo de alusiones¬Ľ que formar√° parte integral de la tradici√≥n literaria cl√°sica, especialmente en poes√≠a y teatro.

Artes escénicas

Danza y religión

Dos poderosas alas con que el ave fabulosa del teatro remont√≥ el vuelo en tiempos remotos hasta llegar a las cumbres de la escena japonesa, tal como hoy es divisada en su espl√©ndida diversidad. En el caso concreto de Jap√≥n, la uni√≥n de danza y religi√≥n la refuerza la naturaleza divina de la que, oficialmente y desde tiempo inmemorial, estaban revestidos los soberanos, hijos de la diosa del Sol. Pocos pondr√°n en duda que la danza es, junto con la m√ļsica, el arte m√°s universal y directamente comunicable. Adem√°s, probablemente sea el que m√°s libertad expresiva le permite al ejecutante. En el caso de Jap√≥n, hay unanimidad entre los especialistas: la danza sagrada o kagura ‚ÄĒantiguamente interpretada por mujeres chamanes, luego ritualizada en la corte y todav√≠a hoy observable en algunos santuarios, es la madre de todas las formas dram√°ticas japonesas. Su vigencia parece anterior al gran flujo de importaciones culturales chinas producido en los siglos VI¬†y VII.

Hoy es posible, en un domingo cualquiera del mes de noviembre de una ciudad como Tokio, ver anunciado el noh, una forma teatral que nace en el siglo XIV, en tres o cuatro teatros; es posible presenciar kabuki, que surge en el XVII, en otros dos o tres teatros; es posible, con algo de suerte, incluso asistir a una representaci√≥n del art√≠stico teatro de t√≠teres en el Teatro Nacional de Bunraku; se puede hasta asistir en el Palacio Imperial o en alg√ļn templo sinto√≠sta a una muestra del bugaku, la forma teatral m√°s antigua, que se remonta al siglo VIII; es posible naturalmente presenciar obras del shingeki, de buto de Kazuo Ono u otras formas dram√°ticas vanguardistas. Con este vistoso abanico de posibilidades se rinde tributo tanto a la identificaci√≥n del pueblo japon√©s con sus tradiciones, como a la vigencia expresiva y est√©tica de todas esas formas. Pocas culturas del mundo pueden alardear de tan extraordinaria continuidad de sus g√©neros dram√°ticos. Los seis o siete g√©neros dram√°ticos mencionados, tan diferentes en contenidos y estilos, est√°n, no obstante, vinculados, por s√≥lidas similitudes est√©ticas y estructurales, detr√°s de las cuales hay siglos de asimilaci√≥n y modificaci√≥n derivadas de una confluencia de fuentes nacionales y extranjeras.

Danza y religión

Dos poderosas alas con que el ave fabulosa del teatro remont√≥ el vuelo en tiempos remotos hasta llegar a las cumbres de la escena japonesa, tal como hoy es divisada en su espl√©ndida diversidad. En el caso concreto de Jap√≥n, la uni√≥n de danza y religi√≥n la refuerza la naturaleza divina de la que, oficialmente y desde tiempo inmemorial, estaban revestidos los soberanos, hijos de la diosa del Sol. Pocos pondr√°n en duda que la danza es, junto con la m√ļsica, el arte m√°s universal y directamente comunicable. Adem√°s, probablemente sea el que m√°s libertad expresiva le permite al ejecutante. En el caso de Jap√≥n, hay unanimidad entre los especialistas: la danza sagrada o kagura ‚ÄĒantiguamente interpretada por mujeres chamanes, luego ritualizada en la corte y todav√≠a hoy observable en algunos santuarios, es la madre de todas las formas dram√°ticas japonesas. Su vigencia parece anterior al gran flujo de importaciones culturales chinas producido en los siglos VI¬†y VII.

Hoy es posible, en un domingo cualquiera del mes de noviembre de una ciudad como Tokio, ver anunciado el noh, una forma teatral que nace en el siglo XIV, en tres o cuatro teatros; es posible presenciar kabuki, que surge en el XVII, en otros dos o tres teatros; es posible, con algo de suerte, incluso asistir a una representaci√≥n del art√≠stico teatro de t√≠teres en el Teatro Nacional de Bunraku; se puede hasta asistir en el Palacio Imperial o en alg√ļn templo sinto√≠sta a una muestra del bugaku, la forma teatral m√°s antigua, que se remonta al siglo VIII; es posible naturalmente presenciar obras del shingeki, de buto de Kazuo Ono u otras formas dram√°ticas vanguardistas. Con este vistoso abanico de posibilidades se rinde tributo tanto a la identificaci√≥n del pueblo japon√©s con sus tradiciones, como a la vigencia expresiva y est√©tica de todas esas formas. Pocas culturas del mundo pueden alardear de tan extraordinaria continuidad de sus g√©neros dram√°ticos. Los seis o siete g√©neros dram√°ticos mencionados, tan diferentes en contenidos y estilos, est√°n, no obstante, vinculados, por s√≥lidas similitudes est√©ticas y estructurales, detr√°s de las cuales hay siglos de asimilaci√≥n y modificaci√≥n derivadas de una confluencia de fuentes nacionales y extranjeras.

Cultura popular

Mundo Otaku

La definici√≥n de la palabra otaku supone un reto considerable, ya que a lo largo del tiempo sus matices y connotaciones han ido fluctuando tanto en Jap√≥n como en el resto del mundo. Desde los a√Īos noventa, cuando en Occidente se vive la primera gran explosi√≥n de cultura popular japonesa, otaku serv√≠a para definir a todos aquellos aficionados al manga y anime (algo que se extendi√≥ con el tiempo a otros productos culturales japoneses). Fueron los propios otaku occidentales los que importaron el t√©rmino desde Jap√≥n, y se lo aplicaron a s√≠ mismos sin tener demasiado en cuenta el uso que se le daba en su lugar de origen (que no era precisamente algo bueno, pero que ha ido cambiando al largo del tiempo).

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Mundo Anime

La cultura popular japonesa se asienta sobre diversas disciplinas artísticas que han trascendido las fronteras de su país precisamente por tratarse de una clara expresión de su identidad nacional. La pasión que generan en su propio país, esas manifestaciones pop ha sido clave para despertar interés en occidente, pasando a convertirse en fenómenos globales.

El manga, anime, cine, televisión, videojuegos y otros ámbitos contenedores de cultura de masas procedentes de Japón, se consideran actualmente el alma de una sociedad que busca en ellos el necesario escapismo a más de medio siglo de desarrollo industrial a gran escala.

Esta explicaci√≥n, la cual, como en todos los casos en que se generaliza, contiene solo una parte de la verdad, deber√≠a comprender tambi√©n la relaci√≥n indisoluble entre creaci√≥n art√≠stica e industria que ha acompa√Īado la cultura en Jap√≥n desde siempre, y muy especialmente tras el fin de la II Guerra Mundial. Los japoneses siempre han entendido arte e industria como dos conceptos complementarios, siendo su proyecci√≥n exterior una consecuencia directa del respeto que primero han profesado los propios nipones por el hecho cultural y su comercializaci√≥n.

De las artes modernas que han calado más hondo en la sociedad japonesa y se han prodigado allende sus fronteras, el manga, o cómic nipón, es el más antiguo, así como piedra angular sobre la que se asientan las formas estéticas y estilos que han conformado al resto.

Cine

¬ęSomos japoneses, por lo tanto, hacemos las cosas a la japonesa¬Ľ (Yasujiro Ozu, director de cine).

La cita anterior, atribuida a uno de los tres directores nipones más importantes de todos los tiempos, puede parecer una obviedad. Todos los países han impregnado su cine de las particularidades culturales que les son propias.

Sin embargo, en el caso japon√©s, la huella de su ser nacional sobre el arte cinematogr√°fico es tan profunda que se podr√≠a hablar m√°s de fagocitaci√≥n que de una mera interpretaci√≥n de c√≥digos importados. Como otras influencias culturales extranjeras, los japoneses no solo han adaptado el cine a sus gustos desde el nacimiento mismo de esta forma de expresi√≥n, sino que lo han asimilado de un modo incomparable. Es lo que algunos definen como la ¬ęjaponesidad¬Ľ de su cine: una manera de hacer pel√≠culas tan intuitivamente reconocible y formalmente inimitables, que las hace √ļnicas y perfectamente identificables como japonesas, sea cual sea su g√©nero u orientaci√≥n.

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Televisión

En un pa√≠s donde el consumo de televisi√≥n por cable bate r√©cords mundiales, y en el que la Net TV (distribuci√≥n digital de contenidos televisivos v√≠a internet) gana una ingente cantidad de nuevos adeptos cada d√≠a, por no hablar de que las emisiones en 4K se est√°n implementando a marchas forzadas, no deber√≠a resultar extra√Īo que la llamada ¬ęsegunda pantalla¬Ľ sea un elemento casi tot√©mico en los hogares nipones.

Formato b√°sico del entretenimiento cotidiano en Jap√≥n, la televisi√≥n es adem√°s el medio ideal para difundir nuevas tendencias de ocio que van calando en los h√°bitos de consumo de las familias. ¬ęMirar la tele¬Ľ se considera un deporte nacional en el Pa√≠s del Sol Naciente. Lo que aqu√≠ consideramos ¬ęperder el tiempo frente a la peque√Īa caja tonta¬Ľ (cada vez m√°s grandes en pulgadas), en Jap√≥n es una v√°lvula de escape para millones de sarariman (salaryman = trabajador) que regresan a sus hogares despu√©s de sus largas jornadas laborales. Del mismo modo, las vidas rutinarias de las amas de casa no ser√≠an tan armoniosas sin esos Wide Shows matinales, repletos de √≠dolos moment√°neos y sensacionalismo pueril, estando muchos de ellos vinculados estrechamente con la prensa rosa. B√°lsamo cat√≥dico para una sociedad tensionada que sacraliza su escaso tiempo libre delante de las cada vez m√°s perfeccionadas Smart TV.

Mundo Otaku

La definici√≥n de la palabra otaku supone un reto considerable, ya que a lo largo del tiempo sus matices y connotaciones han ido fluctuando tanto en Jap√≥n como en el resto del mundo. Desde los a√Īos noventa, cuando en Occidente se vive la primera gran explosi√≥n de cultura popular japonesa, otaku serv√≠a para definir a todos aquellos aficionados al manga y anime (algo que se extendi√≥ con el tiempo a otros productos culturales japoneses). Fueron los propios otaku occidentales los que importaron el t√©rmino desde Jap√≥n, y se lo aplicaron a s√≠ mismos sin tener demasiado en cuenta el uso que se le daba en su lugar de origen (que no era precisamente algo bueno, pero que ha ido cambiando al largo del tiempo).

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Mundo Anime

La cultura popular japonesa se asienta sobre diversas disciplinas artísticas que han trascendido las fronteras de su país precisamente por tratarse de una clara expresión de su identidad nacional. La pasión que generan en su propio país, esas manifestaciones pop ha sido clave para despertar interés en occidente, pasando a convertirse en fenómenos globales.

El manga, anime, cine, televisión, videojuegos y otros ámbitos contenedores de cultura de masas procedentes de Japón, se consideran actualmente el alma de una sociedad que busca en ellos el necesario escapismo a más de medio siglo de desarrollo industrial a gran escala.

Esta explicaci√≥n, la cual, como en todos los casos en que se generaliza, contiene solo una parte de la verdad, deber√≠a comprender tambi√©n la relaci√≥n indisoluble entre creaci√≥n art√≠stica e industria que ha acompa√Īado la cultura en Jap√≥n desde siempre, y muy especialmente tras el fin de la II Guerra Mundial. Los japoneses siempre han entendido arte e industria como dos conceptos complementarios, siendo su proyecci√≥n exterior una consecuencia directa del respeto que primero han profesado los propios nipones por el hecho cultural y su comercializaci√≥n.

De las artes modernas que han calado más hondo en la sociedad japonesa y se han prodigado allende sus fronteras, el manga, o cómic nipón, es el más antiguo, así como piedra angular sobre la que se asientan las formas estéticas y estilos que han conformado al resto.

Cine

¬ęSomos japoneses, por lo tanto, hacemos las cosas a la japonesa¬Ľ (Yasujiro Ozu, director de cine).

La cita anterior, atribuida a uno de los tres directores nipones más importantes de todos los tiempos, puede parecer una obviedad. Todos los países han impregnado su cine de las particularidades culturales que les son propias.

Sin embargo, en el caso japon√©s, la huella de su ser nacional sobre el arte cinematogr√°fico es tan profunda que se podr√≠a hablar m√°s de fagocitaci√≥n que de una mera interpretaci√≥n de c√≥digos importados. Como otras influencias culturales extranjeras, los japoneses no solo han adaptado el cine a sus gustos desde el nacimiento mismo de esta forma de expresi√≥n, sino que lo han asimilado de un modo incomparable. Es lo que algunos definen como la ¬ęjaponesidad¬Ľ de su cine: una manera de hacer pel√≠culas tan intuitivamente reconocible y formalmente inimitables, que las hace √ļnicas y perfectamente identificables como japonesas, sea cual sea su g√©nero u orientaci√≥n.

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Televisión

En un pa√≠s donde el consumo de televisi√≥n por cable bate r√©cords mundiales, y en el que la Net TV (distribuci√≥n digital de contenidos televisivos v√≠a internet) gana una ingente cantidad de nuevos adeptos cada d√≠a, por no hablar de que las emisiones en 4K se est√°n implementando a marchas forzadas, no deber√≠a resultar extra√Īo que la llamada ¬ęsegunda pantalla¬Ľ sea un elemento casi tot√©mico en los hogares nipones.

Formato b√°sico del entretenimiento cotidiano en Jap√≥n, la televisi√≥n es adem√°s el medio ideal para difundir nuevas tendencias de ocio que van calando en los h√°bitos de consumo de las familias. ¬ęMirar la tele¬Ľ se considera un deporte nacional en el Pa√≠s del Sol Naciente. Lo que aqu√≠ consideramos ¬ęperder el tiempo frente a la peque√Īa caja tonta¬Ľ (cada vez m√°s grandes en pulgadas), en Jap√≥n es una v√°lvula de escape para millones de sarariman (salaryman = trabajador) que regresan a sus hogares despu√©s de sus largas jornadas laborales. Del mismo modo, las vidas rutinarias de las amas de casa no ser√≠an tan armoniosas sin esos Wide Shows matinales, repletos de √≠dolos moment√°neos y sensacionalismo pueril, estando muchos de ellos vinculados estrechamente con la prensa rosa. B√°lsamo cat√≥dico para una sociedad tensionada que sacraliza su escaso tiempo libre delante de las cada vez m√°s perfeccionadas Smart TV.